Por primera vez he sentido la inmensidad de la pintura de la que tanto nos habían hablado.
El momento de situarse ante el papel es probablemente el más sencillo, pero al mismo tiempo el menos gratificante.
Existen dos actitudes ante la vida que se incrementan exponencialmente a la hora de crear: ser cuidadoso y no arriesgarse demasiado o, por el contario, darlo todo, sabiendo que si fallas lo perderás.
En cierto modo, pintar es como hacer surf.
Quizá es dificil de explicar esto a quien nunca ha experimentado ambas actividades de un modo paralelo pero, de hecho, tienen bastante en común.
A la hora de meterse al mar por primera vez uno titubea, intenta que el agua no le entre en el neopreno por miedo a tener frío. Los primeros trazos, como los pasos hacia el mar son siempre torpes, esquivas hacia conflictos que puedan aparecer, protegiéndose de la tabla con las olas, levantando el pastel para no manchar.
Sólo cuando uno está empapado, o con el papel manchado completamente, es cuando se pierde el miedo a bucear. Es entonces cuando uno se siente aferrado a aquello que tanto pánico le producía.
Surge inmediatamente uno de los instintos más primitivos del hombre: tratar de controlar a la bestia, al tigre, a la inmensa ola que aparece en alta mar o la infinidad del espacio que los colores comienzan a abrir ante tus ojos.
Es el momento de remar, o de rasgar el papel con el pastel. Es el momento de comenzar a aproximarse con pequeños pasos hacia el gigante que se acerca. Sólo si medimos las brazadas seremos capaces de coger la ola como debe ser, luchando hasta que sea el momento de disfrutar.
Los espacios en blanco continúan rellenándose, la ola aumenta a medida que avanzamos. Conocemos lo que inevitablemente se cernirá sobre nosotros, y nos sorprenderá su sombra en el más inesperado instante.
Casi por descuido miramos hacia atrás. Nos separamos del papel. No creemos dónde nos hemos metido. Te maldices a ti mismo cuando ves el peso que ha adquirido aquello que creías en un principio un entretenimiento. Lo que has creado ahora pesa sobre tus hombros, el corazón se acelera y desearías estar en cualquier otro sitio menos en ése, piensas saltar de la tabla, romper el papel, huir de algún modo para rechazarlo todo. Y entonces: ¿Por qué?
¿Por qué huir de aquello que uno mismo ha levantado por sí mismo? Existe porque tú lo has querido, porque tú has colocado piedra a piedra la montaña que ahora se eleva ante ti. Los dibujos no aparecen si no los has manchado, ni uno se encuentra bajo la ola rompiente si no se ha dejado los brazos para estar allí.
Aún con todo el peso encima, incluso con el pulso temblando, una sonrisa se dibuja en la cara: el dibujo eres tú mismo, y llega el momento de dominarlo. Apartada queda la opción de retirarte para que rompa la ola y disfrutar únicamente de la espuma. Sabes muy bien que si te arriesgas a subir hasta la cresta de la ola probablemente te pegues el golpetazo, pero sólo entonces habrás gobernado (aunque sólo sea por un momento) aquello por lo que tanto has luchado. Sólo si coges la ola podrás disfrutar de la pared, sentir el filo de la tabla cortando el agua.
Únicamente cuando uno se endereza y levanta la cabeza para enfrentarse a su destino es cuando el titán que uno temía se pone de tu parte. Toda la fuerza que habías sentido en tu nuca acechándote pasa a empujar, a darte impulso: la ola rompe y entonces recuerdas que efectivamente esa energía es tuya. Decides emplearla, y lo haces bien. Recorres la ola de arriba abajo, la ladeas, trazas dibujos con la tabla únicamente porque te lo pide el cuerpo, sin seguir ningún tipo de sucesión lógica. Introduces los trazos fuertes porque puedes, porque sabes que has acallado lo que hay debajo, porque nadie los va a poder deformar.
Tomas el chunky negro y disfrutas siendo tú, dando por fin tu carácter a la ola, siguiendo lo que te pide el cuerpo, la energía acumulada y, para cuando te das cuenta ya has vuelto a la orilla.
Por segunda vez miras atrás. No hay rastro de la ola salvaje. Quien llegue sin conocer lo que ha ocurrido simplemente verá un mar calmado y un rastro de trazos blancos de espuma sobre el mar de fondo.
Sonríes y le guiñas un ojo a lo que ahora queda ante ti. La bestia del mar y tú guardareis ahora y para siempre el secreto de la aventura que habéis corrido juntos, encerrada bajo los inocentes trazos que un polvo negro de tiza ha dejado sobre él.
Ahora y más que nunca he cogido la ola, y me alegro de haber vencido el miedo a hacerlo porque sólo ahora sé que se ve desde arriba. La bestia mira ahora desde donde sólo yo se que se esconde... ¿O no?

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