Volvimos a clase con un nuevo reto: emular las pinceladas de Helena Vieira da Silva con el pastel.
Esta vez no fue menor el reto que en anteriores ocasiones, puesto que sus pinturas escondían algo mucho más complejo que lo que se apreciaba a simple vista.
En un principio, el instinto me hizo ir a buscar una serie de trazos cortos, de una misma tonalidad que conformasen un todo, sin embargo me hizo falta desechar una lámina para darme cuenta de la verdadera identidad del cuadro que se nos proponía.
Si bien es cierto que los trazos eran de lo más simple, no se debía analizar en cuadro en porciones de color, sino dilatar las pupilas para observar la inmensidad del cuadro. Dejar que esa gama de colores se mezclara en el blanco del papel para dar lugar a la verdadera profundidad, observando los claroscuros que nos ofrecía la artista. Una vez apareció el espacio ante mis ojos me dispuse a plasmar mi pensamiento, y tras una relajante clase con la mejor música ambiental de las que habían acariciado mis oídos hasta ahora, la pintura apareció sola ante mis ojos, y fue entonces cuando percibí que las tres horas de clase ya habían transcurrido.
Efectivamente el tiempo es relativo, pero lo que es completamente objetivo es que cuando escapas del mundo para sumergirte en el de los colores y las formas, éste avanza sin piedad, dejándote siempre con las ganas de continuar tu obra. No porque la consideres inacabada, sino porque pintar un cuadro es mucho más entretenido que leer el mejor bestseller del mercado.

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